Una espiritualidad de Amor a la vida

En Centroamérica hace mas de un año estamos en pandemia provocada por el Covid-19. Desde nuestra fe cristiana, llevamos una “cuaresma” donde el dolor, la tristeza, la frustración, la depresión, la enfermedad y la muerte ha estado presente. Los cristianos no buscamos el sufrimiento como un atractivo, eso sería muy enfermo. El Covid-19 llegó a exponer abiertamente situaciones de injusticia estructural, empobrecimiento y desigualdad económica; realidad que ha deshumanizado a la sociedad y unido la impunidad con la violencia institucionalizada.

Esta realidad, entre muchas consecuencias, ha desencadenado nuevos “éxodos” migratorios. Estas “caravanas” de humanos y familias, nos muestran el deterioro social, la inequidad y degradación de la creación.

Antes de las “caravanas” del 2018, en El Salvador se tiene el dato conservador de que entre 400 y 500 personas migraban forzadamente cada día. Como sociedad, y cual la parábola del «buen samaritano» miramos hacia otro lado, muchos, no nos dimos cuenta. En 2020, año de la pandemia, el reporte oficial de El Salvador es de 10,840 deportados, tanto de México como de los EEUU.

La pandemia del Covid-19 suma a la injusticia ya vivida por los Estados privatizados y corruptos, el crimen organizado; los empresarios extractivistas; ejércitos y policías que violan libremente los DDHH; el sistema económico de mercado que genera desigualdad; los empresarios contaminadores y privatizadores del agua entre otros. También la pandemia, fue caldo de cultivo para la violencia contra la mujer, quedando siempre en impunidad y silencio opresor. Toda esta realidad pesa sobre los hombros y corazones de las grandes mayorías. Sin embargo, estos pueblos son sostenidos por una espiritualidad de amor a la vida, unida a Jesús, que se hace memoria colectiva en los mártires que son luz e inspiración para seguir adelante con esperanza en estos días de tinieblas.

Marzo, mes de memoria martirial significativa

Este mes de marzo tiene memoria martirial significativa; tenemos presente a Berta Cáceres, feminista luchadora y defensora de los pueblos originarios en sus territorios que habitan en esta “hermana madre tierra”, con ella clamamos por justicia y enfrentamos el extractivismo. Igual hemos celebrado la memoria martirial del sacerdote Rutilio Grande, con los dos agentes de pastoral Manuel y Nelson, Rutilio fuiste asesinado por tu palabra de justicia ante los terratenientes y el ejército. También, con mucha esperanza seguimos celebrando la resurrección en estos pueblos de Monseñor Romero, su palabra, gestos y vida misma, fueron una Buena Noticia para los empobrecidos, marginados y enfermos de estas tierras.

Berta Cáceres, hondureña, tú “siembra” se multiplico en muchos corazones, impulsando las luchas y defensa de los territorios; eres guardiana de los ríos de esta casa común. Berta eres semilla buena, que estas brotando con frutos de justicia y esperanza que generan vida en los pueblos.

Rutilio Grande asesinado junto con Nelson y Manuel, son memoria de cristianos que dieron la vida. También, sus vidas son luz, no porque sean ejemplares, sino por ser hombres que decidieron creer en las bienaventuranzas del reino de Dios.

Hasta los últimos días de marzo, seguimos celebrando la resurrección de Monseñor Romero. Su palabra sigue siendo luz profética y de esperanza en nuestros pueblos. Su palabra es espíritu y via para los cristianos en esta hora histórica.

“La Iglesia no puede callar ante esas injusticias del orden económico, del orden político, del orden social. Si callara, la Iglesia sería cómplice con el que se margina y duerme un conformismo enfermizo, pecaminoso, o con el que se aprovecha de ese adormecimiento del pueblo para abusar y acaparar económicamente, políticamente, y marginar una inmensa mayoría del pueblo.” (Homilía 24 de julio de 1977).

René Arturo Flores. OFM

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