El Virus y el Espíritu santo en nosotros

En todo el planeta, hemos comprendido las consecuencias de una pandemia, así como del virus que nos sigue afectando la vida personal, familiar y el tejido social; en todo esto, los beneficiados son las criaturas en toda su biodiversidad y ecosistemas, que repercute en bien para los humanos. Este virus entra sin permiso a nuestra persona, llega haciendo estragos, entra sin ser invitado, solo invade nuestra humanidad hasta hacernos daño. Este virus por su tamaño no lo palpamos, es algo que nos afecta de manera negativa sin detectarlo hasta que hace daño en el cuerpo.

El Espíritu dador de Vida, que actuó en el inicio de la creación dándole orden y armonía, lo hizo en comunión con el Padre y el Hijo, en una relación creadora del Dios Trinitario. Ese Espíritu sigue actuando, recreando y transformando las vidas individuales y sociedades. Si comparamos la diferencia entre el virus y el Espíritu, encontramos que su diferencia radica en el modo de estar presente en nuestras vidas.

Nosotros los humanos somos imagen del Dios Trinitario, ese Dios habita en nuestra esencia creadora, en ese misterio humano, siendo lo más original: la libertad que radica en cada humano, no solo por el hecho, de la capacidad de decidir qué hacer, sino por ser algo constitutivo del ser humano. La libertad en el humano, es esencial de ese ser imagen de Dios. Por eso el mismo Espíritu Trinitario, puede actuar en nuestras vidas, sí el humano lo permite, lo deja actuar y permanecer.

El virus se impone, entra a destruir, es invasivo de la vida humana. Al contrario, ya señalamos que el Espíritu Trinitario, actúa en la libertad del humano que se abre a su presencia transformadora en el individuo, en la comunidad de fe. El Espíritu actúa en esa esencia, que es la “libertad de los hijos e hijas de Dios”, es desde allí que permanece dando vida. Aquí está lo grande y la fuerza de ser hijos e hijas del Dios Trinitario: la libertad que mueve la voluntad y el amor haciendo que se entre en relaciones con los otros y con las creaturas que habitan la misma CASA COMÚN.

Sin libertad no hay camino de fe, no es posible ser discípulo y discípula de Jesús; ya que, se necesita de esa acción libre del humano para que actué El Espíritu en el interior de nuestra vida. Este Espíritu liberador, el mismo que movió a Jesús en sus inicios de la vida pública (Lc 4,16), sigue estando presente en las comunidades cristianas. El Espíritu solo necesita nuestra libre confirmación y apertura, para que Él haga maravillas en nuestro corazón, uniéndose a nuestro espíritu, que rehace nuevas todas las realidades, tanto individuales como sociales.

Dejemos que El Espíritu habite plenamente en nosotros, seamos conscientes de su presencia, experimentémonos habitados por su amor transformador y liberador dador de Vida; seamos sensibles a la vida en el Espíritu, esto es, experimentar que su presencia audaz, inquietante y creativa siga actuando en nuestra humilde verdad humana, que nos mantiene en comunión con El Dios Trinitario que tanto nos ama.

René Arturo Flores, OFM

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *