El tiempo de la Creación

Existe una proximidad etimológica que subraya el vínculo entre ecología y ecumenismo. Podríamos decir que hay una historia de la pasión ecológica del ecumenismo, ya iniciada a principios de la década de 1970 en respuesta al célebre Informe del Club de Roma Los límites del desarrollo, que Laudato Si traduce en términos inclusivos, como se puede apreciar desde su propia presentación, realizada por un climatólogo y un teólogo ortodoxo.

La inclusión y la interconexión destacan en el propio texto de la encíclica, que da voz a un filósofo reformado como Paul Ricoeur y a un teólogo evangélico como Jürgen Moltamann, sin olvidar las importantes referencias al propio Bartolomé I, patriarca de Constantinopla, señalado como fuente de inspiración primordial del magisterio medioambiental petrino.

Interconexión sí, pero asimétrica, es decir, abierta a diferencias, a una tensión polar, resultado de conflictos que nunca han amainado, como por ejemplo los que existen entre:

Economía y ecología (aunque unidos por la misma asonancia etimológica),
Justicia social y sostenibilidad ambiental,
Alabanza y llanto.

Vivir en contrastes es sinónimo de respeto por una complejidad que no tolera simplificaciones. Complejidad que no tolera un mero organicismo sistémico elevado a método de análisis.

No podemos hablar de una salvación del mundo, para escapar de las tensiones, sino una salvación en el mundo y con el mundo: una unidad en la diferencia, resaltada por la pluralidad expresada por el mensaje de las criaturas. La interconexión asimétrica prueba la verdadera originalidad de Laudato Si, de hecho, lo podemos comprobar a través de una lectura cruzada de las distintas aportaciones.

Una interconexión amenazada por la producción industrial, que mientras se declara a favor de la sostenibilidad social compromete la sostenibilidad ambiental: este es el dato que surge del aporte de las ciencias naturales.

La falsa dicotomía del paradigma que contrasta economía con ecología, sustentabilidad social con sustentabilidad ambiental es quizás más grave que la propia crisis ambiental, provocada por las tecno-finanzas occidentales, la misma que Fratelli tutti denuncia ahora, abiertamente, atribuyéndole la calificación del «neoliberalismo», que rompe la fraternidad.

De hecho, debemos preguntarnos: ¿la agricultura industrial, que ha logrado un aumento de la productividad para satisfacer las necesidades alimentarias de una población cada vez mayor, ha realizado una operación verdaderamente sostenible?

El no indiscutible lo pronuncian los numerosos datos aportados por expertos en biodiversidad, inmigración, clima, abastecimiento de agua, conflictos y ahora también por los de epidemiología, que en estos días nos están educando sobre las causas remotas del virus covid-19. La deuda ecológica acumulada por el sistema industrial que reivindica el mérito de alimentar a la población mundial, combatir la pobreza, es verdaderamente infranqueable, con riesgo de quiebra.

¿El retorno a las producciones locales, que hoy todavía garantizan 1⁄4 de la biodiversidad, es solo el resultado de una ideología indigenista y anticapitalista? ¿Es solo un problema de falta de distribución lo que crea desigualdad o es en cambio la insostenibilidad radical de la cultura técnica industrial, que chantajea a las Iglesias, sacudiendo el gusano de un ecologismo maltusiano? ¿No fue acaso el miedo a la ideología maltusiana de los organismos internacionales y los movimientos ecologistas lo que bloqueó el primer tímido intento de denunciar la «catástrofe ecológica» del Papa Pablo VI, campeón del desarrollo humano integral?

¿Quién pretende salvar al ser humano, poniendo a la naturaleza en segundo lugar, es decir, centrándose únicamente en soluciones técnicas, podrá cumplir sus promesas? O, viceversa, ¿tendrán éxito en su empresa aquellos que pretenden salvar la naturaleza de los seres humanos? ¿Y la ecología que se aplica, de hecho, solo en los países ricos es sostenible? Si la ciencia no logra demostrar la insostenibilidad del sistema occidental de producción industrial, y desenmascarar la dicotomía de su referencia cultural y antropológica, es porque aún no logra captar la unidad entre el conocimiento, y la interconexión con la realidad.

La reflexión realizada sobre la base de la tradición de la Iglesia oriental tiene el mérito de aportar profundidad teológica a la idea de interconexión, mostrándola como la unidad ontológica subyacente.

El ser humano es una unión entre las dimensiones material y espiritual, hasta el punto que todo pecado tiene sus raíces en una transgresión del equilibrio natural. Por tanto, no puede haber proceso de reconciliación con Dios sin una curación de la relación con las criaturas.

El maltrato a la naturaleza produce una pérdida del sentido de la belleza; no cultivarlo conduce a la pereza; la no gratitud engendra ignorancia. El ser humano no puede salvarse sin la creación. La materia es el sacramento de la alabanza, como lo demuestra la Eucaristía, en el que el pan y el vino se convierten en signo e instrumento de acción de gracias.

Sollicitudo rei socialis es la primer encíclica de San Juan Pablo II en hablar no de interconexión, sino solo de interdependencia, en lo que respecta a la esfera social. El tema del medio ambiente no aparece entre los temas críticos, sino que se evalúa solo como un elemento útil para sustentar la conciencia de la interconexión, para fortalecer la primacía del orden cósmico sobre el económico.

Benedicto XVI es el primero en hablar de lo ecológico como indicador de un crecimiento económico distorsionado. Es el primero en enfatizar la estrecha interdependencia entre la ecología y el derecho, la economía, la política y la cultura. Para él, sin embargo, la crisis ecológica depende de la crisis antropológica y, por tanto, sólo puede resolverse con la recuperación de una ecología humana, que sitúa en el centro el sentido del don. Sigue siendo una visión antropocéntrica, aunque abierta a cuestiones ambientales.

La originalidad del Papa Francisco en Laudato si ‘consiste en haber destacado la crisis ambiental no solo como reflejo de la crisis social y sus consecuencias, sino como evidencia de una traición a la alianza con Dios, misma fraternidad ecuménica y hermandad eclesial. Al mismo tiempo, se supera el interés antropológico puro, casi autorreferencial, como lo indica el mismo hecho de la centralidad atribuida por la Iglesia católica a la doctrina social.

Para el Papa Francisco, la interconexión no es solo interna al orden social, sino que traza una conexión entre el orden social y el natural, con el fin de ofrecer una solución al dilema entre ecocentrismo y antropocentrismo.

La otra idea original de Laudato si ‘, en línea con los axiomas ya enunciados en Evangelii gaudium y reafirmados en Fratelli tutti, es el aspecto dinámico de la unidad entre el ser humano y el medio: una unidad que presupone conflicto de valor, casi como un propulsor del proceso en sí. La unidad representa el horizonte escatológico y también protológico, pero en el transcurso de la historia es necesario permanecer dentro del conflicto, habitar el proceso.

Pero volviendo al concepto básico de la interconexión entre el ser humano y el medio ambiente, la ecología y la economía, esto sólo es posible con la condición de que se reconozca que la naturaleza tiene un valor por derecho propio, un valor intrínseco independientemente de cualquier tipo de relación humano-social funcional.

La naturaleza es la guardiana de un valor teológico que no le corresponde al ser humano conferirle; un valor que, en cambio, el ser humano está llamado a reconocer como conferido por Dios mismo.

Existe una relación entre Dios y la tierra que precede a la relación entre Dios y el hombre, entre el hombre y la tierra y entre los seres humanos: esta relación configura la naturaleza como creación (LS 76), concebida principalmente para la alabanza de Dios y sólo secundariamente para el servicio de la vida humana (LS 72). El ser humano, de hecho, no es solo el cultivador del jardín, sino su guardián; y el cultivo presupone claramente la custodia.

En efecto, el cuidado de la relación con el planeta no solo es funcional al cultivo del suelo y la distribución de los recursos, sino que tiene un valor original, independiente de la dinámica social y del propio equilibrio antropológico. El argumento de que la degradación ambiental manifiesta una degradación social parecería invertirse aquí: el desorden de las relaciones humanas no solo pervierte el uso de los recursos, sino que refleja una distorsión original de la relación con la creación.

En otras palabras, se produce una reciprocidad, una interconexión entre las esferas antropológica y ambiental también a nivel de la ruptura del equilibrio, regido por el único orden del amor (LS 77); la violación de la armonía natural, operada por el antropocentrismo despótico, duele al mismo equilibrio antropológico (LS 83).

Laudato si ‘reconoce la crisis de esta época en la ruptura de relaciones e identifica el medio ambiente como el punto de partida esencial para volver a atar los hilos de una laceración social, antropológica y espiritual sin precedentes. Compromete, por tanto, a los creyentes a hacer de la Iglesia un lugar de convocatoria para el contacto físico, cristiano, con los habitantes de las periferias existenciales, como destacados expertos en la degradación ambiental y, por tanto, capaces de proponer una diaconía verdaderamente eclesial, útil para encontrar una vía de solución al problema de la crisis ecológica.

Sin embargo, la opción por los pobres por sí sola no es suficiente para encontrar una salida a una crisis verdaderamente global; al mismo tiempo es necesario escuchar el grito de la tierra, porque en él se encierra como piedra angular de las propias relaciones sociales, el secreto del funcionamiento de las instituciones, como de toda arquitectura social humana.

El mismo cuidado, necesariamente relacionado con la esfera física – corporal, se refiere a una dimensión animal indispensable. En la figura material de la voz de la creación se busca evitar el peligro de una determinada gnosis, abriendo la posibilidad de sospecha sobre la cultura digital y el propio transhumanismo.

Para tal cambio de paradigma también a nivel teológico, la meditación sobre la epistemología indígena es útil, si no indispensable. «Para los pueblos originarios [de hecho] todo se ve a partir de la estrecha relación con la tierra que es matriz, refugio y sostén de todas las manifestaciones de la vida».

Texto original – Autor: Fray Giuseppe Buffon OFM

Decano de la Facultad de teología del Pontificio Ateneo Antonianum de Roma.
Discurso modelado de la presentación del número 1-2 de la revista «Estudios ecuménicos»
publicado por el Instituto de Estudios Ecuménicos San Bernardino.

2 comentarios en «El tiempo de la Creación»

  • el junio 7, 2021 a las 3:00 am
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    El ecumenismo es hablar entre todos la misma doctrina católica. Es el objetivo de los concilios católicos. Es un asunto religioso sobre la trascendencia… Nada que ver con la inmanencia de la ecología.

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