El fraile que se metió a cocinero

El fraile que se metió a cocinero

En pleno confinamiento empezó a grabar vídeos de recetas que un año después cuentan con un ejército de fieles en todo el mundo

Fray Ángel nunca imaginaba que él, un humilde fraile franciscano de un pueblecito manchego llamado Corral de Calatrava, se iba a convertir en toda una celebridad en las redes. Un influencer. Que sin haber asistido en su vida a un curso de cocina, 130.000 personas de todo el mundo iban a desear que llegara cada lunes para ver el vídeo de su última receta. Él mismo se ríe, incrédulo, pero también con esa serenidad que le lleva a aceptar todo aquello que acontece en su vida, sea bueno o malo. Agradece cada felicitación, sobre todo de aquellos que le aseguran que verle les da paz. «Siento una emoción inmensa, porque San Francisco nos pidió que lleváramos paz y bien». Precisamente así se despide el fraile en sus vídeos. Con paz y bien. Mientras, la grabación del pollo en pepitoria ha superado el medio millón de visualizaciones.

Pero para conocer la historia de por qué el padre Ángel llegó a la cocina hay que retroceder en el tiempo. Hubo una época en que en el Monasterio de Santo Espiritu del Monte, ubicado en Gilet, comían de catering. Primer plato, segundo plato, postre. «Los frailes no se sentían cómodos con esa comida de restaurante». Son franciscanos, una orden que predica la pobreza. Así que fray Ángel se ofreció a encargarse de la cocina. «No fue tanto que me gustara como que hacía falta».

 
 
Fray Ángel elaborará recetas de cuchara en lasprovincias.es

Fray Ángel comenzará a colaborar con la elaboración de platos tradicionales para lasprovincias.es en el canal de Historias con Delantal. El objetivo es dar a conocer los platos tradicionales hechos con cariño, la comida preparada desde la cocina de un convento franciscano con el amor que fray Ángel le pone a todo lo que hace. Además, conoceremos muchos de los secretos de la hospedería del Monasterio de Santo Espiritu de Gilet, en plena Sierra Calderona.

 

Hay una diferencia entre hacer algo porque existe una necesidad y otra el hecho de entregarse a ello como el padre Ángel. «Vivimos para servir, para atender las necesidades de los otros. Yo añadiría, además, que lo que nos mueve es querer a los demás», explica el fraile, que antes de ser cocinero fue agricultor, ganadero y profesor. «Feliz como una perdiz». Y lo explica así: «no depende de a qué se dedique uno, sino que lo que nos da la felicidad es lo que llevamos dentro». De la misma forma se refiere a vivir aquí o allá, aunque reconozca que está muy a gusto en Valencia, que le ha dado muchas cosas buenas. Después de pasar por conventos de Sevilla, Córdoba y Cáceres cree que todos los lugares son buenos, que «somos ciudadanos del mundo».

Antes de ser cocinero fue agricultor, ganadero y profesor. «Y feliz como una perdiz, porque la felicidad la llevamos dentro»

 

Incorporó la paella o el arroz al horno, que reconoce que no sabía preparar, a los platos de cuchara manchega que le veía cocinar a su madre. Le ha sumado las recetas de otros conventos donde ha estado y también los que ha ido rescatando del libro de cocina del franciscano Juan Altamiras, y que data del siglo XVIII. «La cocina de siempre, como la Biblia, permanece inalterable».

Y mientras cocina, fray Ángel habla de muchas cosas. De películas, del tiempo, de la pandemia. Del Evangelio también, y sus delantales tienen mensajes en ese sentido. Su lenguaje sencillo, su discurso amable, sus formas serenas, han sido parte del secreto del éxito.

También el hecho de que lo hace todo fácil. ¿No le ha resultado complicada la paella? «Después del uno, el dos, y después el tres. Lo importante es no saltarse los pasos», dice. Reconoce que al principio contó con la ayuda de mujeres de la comarca, con los que aprendió «instrucciones, ideas y técnicas» de los platos típicos de Valencia, como el arroz al horno o el arroz con acelgas.
 

Cocina de aprovechamiento

Como franciscano que es, fray Ángel tiene además muy claro que su objetivo es la cocina de aprovechamiento. Todavía recuerda que la comida de cátering se basaba en alimentos y recetas sofisticadas, «con muy poca sensibilidad a la hora de aprovechar la comida». Y el alivio de los frailes es que por fin iban a comer como lo hacen en los conventos. «Si es época de habas, un día hago una tortilla, otro unas habas estofadas y otro salteadas con un blanco y negro que dicen aquí en Valencia. Yo creo que eso es la pobreza, saber vivir con lo que uno tiene y no desear lo que no tiene».

Le presta mucha importancia al origen de los alimentos que usa en la cocina, y la fruta y la verdura le llega a través de productores de la comarca. En cuanto a la carne, se nutre de las carnicerías ‘halal’. «Aunque somos cristianos católicos, la cocina halal de los musulmanes me gusta, porque ellos tratan a los animales con respeto a la hora de sacrificarlos», explica, y se queja cuando ve un pollo con los huesos rotos, que parece que le hayan dado una paliza. «Yo no quiero eso. Si nos tenemos que servir de los animales, hay que hacerlo con respeto». Estos días ha aprovechado un viaje a su tierra para traerse harina de almorta y preparar unas gachas. Admite que los frailes del convento están felices con su cocina. Y ríe quitándole importancia.

Algunas mujeres de la comarca le ayudaron con las recetas de platos valencianos como el arroz con acelgas o al horno

 

También lo están los huéspedes que poco a poco van volviendo a la hospedería. «Ya hay gente que viene buscando conocer al fraile youtuber. El fin de semana pasado había familias de Ciudad Real, Cuenca y La Rioja, y todos venían por lo mismo». Y también a probar sus platos.

En este año de pandemia ha dado de comer a las nueve personas que conforman la comunidad religiosa, pero antes de las restricciones llegó a cocinar para más de un centenar. «Pones una olla más grande y ya está. No es problema». Y sonríe.

Soledad

Fray Ángel reconoce que en su vida todo ha ido ocurriendo de una forma circunstancial, incluso cuando llegó a la Iglesia. «Tenía diez años cuando entré en el seminario de Ciudad Real». Su intención era ser sacerdote diocesano, pero es «un tipo de vida muy solitaria y a mí lo de la soledad me pesa mucho, así que preferí vivir en comunidad». También las circunstancias le llevaron a los franciscanos, orden en la que se ha sentido muy cómodo. Y a pesar de que reconoce que le encanta vivir en comunidad, se levanta de madrugada, sobre las cuatro, para poder disfrutar de dos o tres horas de soledad. «Salgo al huerto, me gusta saber que no me voy a encontrarme con nadie y ver cómo se va despertando la vida en la naturaleza. Es una felicidad mayúscula».

Él acepta todo lo bueno que le va llegando, que tiene ganas de más proyectos, «porque cuando uno empeña el corazón en las cosas nunca es suficiente». Y añade: «dar y recibir afecto es el motor de la humanidad; nos podemos hartar de comer patatas, pero de querernos nunca. El corazón siempre pide más».

Fuente: María José Carchano – www.lasprovincias.es

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