El corazón de Jesús, la total humanidad de Dios

Reconocer el rostro de Jesús, es acercarnos a su corazón, es dejarnos impactar por su sensibilidad humana, por su manera de amar, por su verdad existencial, por su práctica liberadora acompañada de sus palabras y gestos transformadores que estaban impregnados del Espíritu, ese mismo Espíritu que forjó su espiritualidad a lo largo de la vida, entre aprendizajes, errores y opciones. El conflicto se hizo presente en la vida pública de Jesús, por esa misma manera de vivir y anunciar el Reino de Dios. Dice José María García Mauriño:

“Los cristianos no somos seguidores de un líder religioso, sino que seguimos a un Profeta laico. Jesús fue un laico. Ni fue sacerdote, ni funcionario de la religión, ni nada parecido. Es más, Jesús vivió y habló de tal manera que pronto entró en conflicto con los dirigentes de la religión de su tiempo, los sacerdotes y los funcionarios del Templo, los representantes oficiales de «lo religioso» y «lo sagrado”. Acerquémonos a la práctica liberadora de Jesús, que inicia con el anuncio del Reino de Dios, y su propuesta liberadora, esa que quedó en la memoria de los evangelios (Mc 1,14; Lc 4,16).

¿Quiénes fueron sus destinatarios del Reino de Dios?

Las Prostitutas (Mt 21,31-32; Lc 7,37-50); Publicanos (Lc 18,9-14; 19,1-10; Mc 2,14).
Leprosos (Mt 8,2-3; 11,5; Lc 17,12); Enfermos (Mc 3,1-5; Lc 14,1-6; 13,10-13).

Mujeres: que son sus seguidoras (Lc 7,37; 8,1-3; 23,40-55). La adúltera: es acogida y defendida en contra de la ley, la tradición y cultura patriarcal (Jn 8,2-11).

Los niños (Mt 18,1-4; 19,13-15; Lc 9,47-48); El pueblo sencillo (Mt 11,25-26).
Los samaritanos, considerados enemigos políticos y religiosos (Lc 10-33; 17,16).

Los hambrientos y sin un liderazgo colectivo que los organiza (Mc 6,34; Mt 9,36; 15,32).

Los ciegos (Mc 8,22-26; 10,46-52; Jn 9,6-7); Paralítico (Mc 2,1-12); Los poseídos (Lc 11,14-20). La anciana (Lc 13,10-13). Los extranjeros, son acogidos y tratados sin racismo (Lc 7,2-10). Los pobres: el Reino de Dios es de ellos (Mt 5,3; Lc 6,20); Los mendigos (Lc 16,19-31).

Esta práctica liberadora, sanadora e integradora de la vida, solo puede salir de un corazón sensible y abierto, que busca encontrarse con el otro, en toda su diversidad; acercarse al caído en el camino. Las palabras, gestos y práctica de Jesús, solo dice hacia donde se inclinaba su corazón, que es el mismo “corazón del Padre”.

La sensibilidad es el principio de nuestra fe cristiana, siendo el amor su expresión cotidiana. Toda esta propuesta del Reino de Dios sigue siendo una revolución religiosa, porque muestra que la vía de acceso a Dios tiene su principio en la sensibilidad humana, y no en una práctica doctrinal, legal y cultica. Es en lo que nos apasionamos y amamos que se mide lo esencial de nuestra vida, por eso, el llamado de Jesús es a que alcancemos a tener un corazón como el suyo: manso y humilde, solidario y tierno, sincero y autentico, audaz y libre, misericordioso y compasivo, con hambre y sed de justicia, artesano de la paz y abierto al perdón (Mt 11,25; Lc 10,25; Mt 5,8; Jn 8,1; Lc 15; Lc 6,27-36; Mc 3,1-6; Mt 5, 1-12; Mt 18,21-35).

René Arturo Flores, OFM

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