San Pedro y San Pablo

                                                                                  por Eduardo Black (ofs)

El 29 de junio, desde muy joven (pre adolescente, diría), aunque no sabría decir con precisión cuándo comenzó, siempre fue especial para mí. Tampoco podría dar, con exactitud, un por qué. ¿Cuándo aprendimos el primer Padrenuesto, la primera Avemaría, el Gloria, el Sagrado Corazón… en vos confío o el Ángel de la Guarda? Hay cosas que se pierden en lo remoto del tiempo; generalmente, tras los labios queridos de una madre o una abuela.

Luego viene la Catequesis (Catecismo, se decía en mi época), básica para la primera Comunión y de perseverancia para la Confirmación; perseverancia que confluía con más estudios, para los que concurríamos a colegios religiosos (salesiano, en mi caso, desde 5º Grado y todo el Bachillerato) o querían profundizar en materia de religión, en diversos institutos.

Y es allí (desde la Confirmación, digamos) donde crece en mí la influencia de un papá siempre presente, que Dios me regaló sin merecerlo; docente, abogado con inclinación la defensa de los débiles y a las cuestiones sociales, estudioso y difusor de la doctrina social de la Iglesia, de las encíclicas (como Mater et Magistra) y otros documentos de su tiempo; de destacada actuación profesional (incluyendo como profesional católico) y pública, y muy pícaro como pescador de almas, cuando solo o con sus compañeros de grupo disfrutaban (esa es la palabra) haciendo apostolado.

Me dejó muchas enseñanzas, fruto de nuestras charlas y -más todavía- de su testimonio; y creo que las más importantes fueron: Su devoción por la Sagrada Familia, su confianza en el Espíritu Santo, su respeto por la Iglesia, su jerarquía -especialmente el Papa- y Magisterio, su espíritu patriótico -era un belgraniano convencido-, su amor a la libertad y su “haz bien y no mires a quien” (que más de una rabieta le costó a mi madre). Tenía sus defectos y debilidades, como todos en este valle de lágrimas, pero estoy persuadido que, en el fiel de su balanza, el platillo se inclina rotundamente hacia el lado bueno.

Lo llamó a su casa el Padre un 29 de junio (de 1.999); y yo no creo en casualidades.

Tanto es así, que hoy me desperté temprano, casi de madrugada; en rigor de verdades, no sabía qué hora era y, en lugar de consultar el reloj que estaba sobre mi mesa de luz, tomé el celular y, al desbloquear su pantalla, me percaté de que había quedado una aplicación abierta y en ella había un aviso de pantalla, informando que comenzaba la transmisión en vivo, desde la Basílica Vaticana, de la misa de la solemnidad de San Pedro y San Pablo. No lo pensé, abrí la aplicación y me puse a ver y escuchar, apenas despierto.

Lo primero que me vino a la mente fue papá; pero un padre vivo y activo, como en mis tiempos de estudiante. Los dos escuchando a Francisco. Como si en esta primera Iglesia Particular, la de mi hogar, se hubiese dado una prueba tangible de la Comunión de los Santos; porque Iglesia somos todos y todos somos -estamos llamados a ser- santos, como nos interpelan las epístolas  de Pedro y Pablo, dirigidas a los Santos de la Iglesia de… Que si la escritura es Palabra Viva, debemos colocar allí el nombre de nuestra ciudad, de nuestro pueblo, de nuestro país o de nuestra región. Como dice el Papa Francisco, Jesús está esperando (Dios está aquí…), pidiendo al Padre por nosotros, sólo falta nuestro SÍ, pronunciado en libertad. Y he aquí el gran misterio, porque es Cristo el que nos libera con su sangre.

Se trató de una vivencia, fácil de interpretar psicológicamente; aunque creo que no. Sin desconocer que la mente, junto con el cuerpo, el alma y el espíritu es parte de la naturaleza humana, es la misma naturaleza que tomó Dios, para hacerse Hijo de Hombre, vivir entre nosotros, redimirnos con su muerte y resurrección, y prometernos la plenitud de la gloria, con nuestros cuerpos resucitados, no se trata de un “milagro”; es una toma de conciencia. Asumir que el Reino se comienza a construir en la Tierra, pero abandonándose en Cristo, como Pedro y Pablo, que pusieron al centro de sus historias, «no sus capacidades, sino el encuentro con Cristo que cambió sus vidas experimentando un amor que los sanó y los liberó».

Y agregó: “Como Pedro, estamos llamados a liberarnos de la sensación de derrota ante nuestra pesca, a veces infructuosa; a liberarnos del miedo que nos inmoviliza y nos hace temerosos, encerrándonos en nuestras seguridades y quitándonos la valentía de la profecía. Como Pablo, estamos llamados a ser libres de las hipocresías de la exterioridad, a ser libres de la tentación de imponernos con la fuerza del mundo en lugar de hacerlo con la debilidad que da cabida a Dios, libres de una observancia religiosa que nos vuelve rígidos e inflexibles, libres de vínculos ambiguos con el poder y del miedo a ser incomprendidos y atacados

Es más, creo que el corolario de Francisco redondeando la cuestión avala la interpretación que, instintivamente, percibí, de la que califiqué de “vivencia”; antes, naturalmente, de escuchar el redondeo que hace Francisco de su idea, cuando nos  invita a hacernos la pregunta sobre cuánta necesidad de liberación tienen nuestras ciudades, nuestras sociedades, nuestro mundo. También nos anima a ser colaboradores de esta liberación, «pero sólo si antes nos dejamos liberar por la novedad de Jesús y caminamos en la libertad del Espíritu Santo».

Y reitero: Este no es un artículo, ni una prédica, ni un estudio; se trata de un a vivencia. A lo sumo, una reflexión personal sobre esa vivencia.

Paz y Bien.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *