La Iglesia siempre predica el amor

En estos días se celebró la fiesta nacional de los y las salvadoreñas, quiero retomar a nuestro pastor y mártir Mons. Romero, en su homilía el día de la fiesta del “Divino Salvador” del 6 de agosto de 1977, donde presentó la segunda carta pastoral titulada “»La Iglesia, Cuerpo de Cristo en la Historia». Es significativo que esta carta se presente en la fiesta patronal, y en los inicios del servicio como arzobispo de San Salvador. Resaltaré unos aspectos significativos de esta homilía. Primero decir que Mons. Romero, estaba en la sintonía con la eclesiología del Concilio Vaticano II (1965), y de la Conferencia Latinoamericana de Medellín (1968), donde se confirmó que la misión de la Iglesia, como servidora del Reino de Dios, se realiza en la historia, en un tiempo, cultura y pueblo concreto que camina construyendo su presente y futuro, por eso decía que,“…no hay historia profana e historia de la salvación, sino que la historia de todo pueblo, es el marco concreto en que Dios quiere salvar ese pueblo por medio de su Iglesia. Y la Iglesia se identifica con esa historia, y la Iglesia marcha con la historia…Y toda la historia de El Salvador, y toda su política y toda su economía y todo lo que constituye la vida concreta de los salvadoreños tiene que iluminarse con la fe. No tiene que haber un divorcio.” (Homilía. 6-8-1977).

Para esta fecha, Mons. Romero ya había experimentado el dolor, la indignación y la frustración ante la situación injusta y represiva que vivía las grandes mayorías en el país. Además, había sentido hondamente el asesinato del padre Rutilio Grande, junto con otros tantos cristianos; por esa razón, él tenía claridad de denunciar “la violencia institucional”, es decir, la violencia que estructural e ideológicamente desarrollaba el gobierno y los militares en el país, decía, “La Iglesia siempre predica el amor.

Y la Iglesia, cuando reclama lo que llamó la asamblea episcopal de Medellín «la violencia institucionalizada», tiene que gritar violenta como los profetas, cuando violentos gritaban contra el orden injusto de su tiempo. No es que la Iglesia predique violencia, sino que han provocado otros la violencia, el odio, la tortura, el dolor, la desigualdad social, y la Iglesia tiene que ser fuerte en su lenguaje, porque es el de Cristo, que sin odio ni venganza, quiere arrancar del reino del pecado a las almas, para ponerlas en el Reino de Dios.” (Homilía. 6-8-1977).

Mons. Romero, fue comprendiendo que la causas del conflicto social era por las estructuras injustas e impunes que los gobiernos militares junto con los grupos de poder económico habían establecido en esta nación. El arzobispo, tenía una postura crítica con la ideología capitalista y la marxista, al mismo tiempo comprendía que este pueblo estaba oprimido por un sistema de iniquidad estatal establecido en la historia. Con mucha firmeza, en este contexto de calumnias, represión y persecución de la Iglesia por parte del gobierno militar, proclamaba que, “Esta es la gran política de la Iglesia: el bien común. Y tiene el derecho, por su función moral en el mundo, de denunciar los abusos de la política y decir al poderoso que no es Dios, que si algo tiene para mandar es porque Dios le ha permitido y, por tanto, que tiene que medir sus leyes, sus actuaciones, conforme a la ley del Señor.” (Homilia.6-8-1977).

Mons. Romero con su voz profética, asumió la confrontación con los poderes facticos, sin dejar de anunciar la esperanza de una sociedad más humana y justa. Esta fiesta del “Divino Salvador del Mundo”, sigue siendo una celebración que renueva la esperanza.

En este contexto de un nuevo modelo de gobernar el Estado por parte del presidente Bukele y su “aplanadora” de 64 diputados, que actúan en el órgano legislativo, sin tener en cuenta la voz y el sentir del pueblo organizado. En estos momentos nos preocupa el proceso y los contenidos de la ley general de aguas, con una tendencia privatizadora, mercantilistas y excluyente de las comunidades organizadas. El anhelo que llevamos en nuestros corazones, sigue siendo la “transformación” hacia una sociedad justa, equitativa y sin violencia, donde no se militarice los territorios, ni se convierta en mercancía los bienes naturales de esta casa común salvadoreña.

René Arturo Flores, OFM

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